Dragonlance

 

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.: Ritual de Chemosh :.

Ulser se dio media vuelta y abandonó el recinto. Cerró la puerta y, tras posar una mano sobre ella, entonó una breve plegaria a Chemosh, asegurándose de que nadie más que él fuera capaz de abrirla de nuevo. Encontró a Ikal en su habitación, disponiendo los paramentos sagrados. Ulser recogió la máscara ritual y preguntó a su colega:

-¿Está lista la aspirante?

-¿Acaso tiene otra opción? –preguntó Ikal, con cierto tono zumbón. Ulser emitió un ruidito divertido, pues su colega tenía razón. La mujer había hecho su elección, y ya no cabía la posibilidad de vuelta atrás. Sus dedos se demoraron acariciando los cantos de la máscara de hueso, que imitaba a una calavera, antes de ponérsela. Ulser comprobó por la posición de las lunas que la hora hubiera llegado; aquel ritual en particular debía celebrarse a medianoche.

La aspirante aguardaba en la sala consagrada. Sauce hubiera reconocido aquella estancia, que tan curiosa le había parecido tan solo un par de días antes; sin duda, era la más interesante de toda la casa, incluso más que el sótano donde guardaban la sangre de los sacrificios. Aquella habitación sí tenía una ventana, pero las lunas apenas acertaban a colarse por ella, creando charcos imprecisos sobre el gastado suelo de madera. Las sombras reclamaban la estancia, aquellas creadas por la ausencia de luz y aquellas que bullían de vida incorpórea. Los clérigos eran tan sólo dos sombras más moviéndose en aquella oscuridad relativa.

Arian permanecía de pie en el centro de la sala, junto al altar. Llevaba puesta una túnica gris, que contrastaba notablemente con las pesadas y negras túnicas de los dos clérigos, y la propia túnica de maga que ella había vestido hasta aquella noche. Al oír entrar a los sacerdotes en la habitación, giró su cabeza, y su rostro brilló espectralmente blanco bajo la tenue luminosidad de Solinari. El temor y la aprensión se reflejaban en un semblante que habitualmente era hermético. Ulser entendió que el férreo control de la mujer sobre sus emociones se hubiera derrumbado; en su día él también se había aproximado a aquella experiencia con miedo, y eso que él había realizado su elección con absoluto convencimiento, con un anhelo que casi podría haberse descrito como obsesivo. El premio era muy grande, pero no había prueba más dura que aquélla.

Ulser se aproximó al altar, depositó sobre él el símbolo sagrado y musitó una extensa plegaria a Chemosh, solicitando su venia. Ikal depositó sobre el altar la daga y la filacteria antes de arrodillarse y unirse a su jaculatoria. Finalmente Ulser se puso en pie, consciente de su aspecto regio. Arian le miró expectante, temerosa, temblando visiblemente.

El lich fue consciente de la rareza de aquella situación. Los aspirantes de la edad de Arian resultaban escasos. La juventud no teme a su propia mortalidad, sino que se aferra a la vida con dedos de acero. No hay razón para buscar una vía de escape al destino común de todo mortal cuando la vida es un fuego que arde con vigor innato. Sólo cuando las llamas se enfriaban, cuando el ocaso llegaba, Chemosh podía alzarse como un faro de salvación.

-Arian, has hecho tu elección –expuso Ulser.

-Acepto a Chemosh como mi señor y salvador –dijo Arian, dando la respuesta ritual.

-Él te salvará de la muerte... –entonó Ulser.

-Y te concederá inmortalidad... –terminó Ikal.

-Así sea –musitó Arian.

Ulser tomó la filacteria de encima del altar y se aproximó a la mujer. Arian agachó la cabeza para que el sacerdote deslizara el sagrado objeto, que quedó descansando pesadamente sobre su pecho. En breve, la filacteria recogería su alma, sería el receptáculo de todo lo que ella era. Los dedos de la mujer lo tantearon, nerviosos, pero luego alzó la vista para mirar a los dos clérigos enmascarados. Las blancas máscaras destacaban funestamente sobre las negras túnicas. Ulser alzó una mano descarnada.

-Para renacer hay que morir –enunció.

-La inmortalidad es mi elección –respondió Arian, y recogió la daga que Ikal le tendía. Por un segundo, Arian dudó. Comprendía que después todo sería distinto; si mejor o peor no lo sabía, pero sin duda todo cambiaría: su concepción del mundo; su misma existencia. Rígida, envarada, miró a los dos clérigos que permanecían frente a ella, serenos en su inmovilidad. En ese momento Arian sentía el peso de su propia mortalidad; y también la gloria de esa misma mortalidad, su tremenda grandeza, la belleza terrible y la cruel fealdad de la vida a la que estaba a punto de renunciar.

Para renacer hay que morir. Aquél era un amargo conocimiento. Una dura prueba la que exigía Chemosh. Una cruel elección. En ese momento, en aquel umbral terrible, se preguntaba si el premio merecía la pena.

Volvió el rostro hacia la ventana, hacia la tenue claridad lunar que se filtraba por ella, hacia lo que parecía ser su última conexión con su pasado. Cerró los ojos, despidiéndose de su anterior existencia. Y, con súbita resolución, se arrodilló ante el altar.

-Me entrego a vos, mi señor Chemosh –susurró; y deslizó el agudo filo del puñal sobre la fina piel de sus muñecas, sin dudas, sin amagos. La sangre brotó, roja, con todo el vigor de la vida. El dolor fue agudo, aunque fugaz. Arian apretó durante un instante los labios, y luego agachó la cabeza, murmurando una plegaria, mientras dejaba que la vida escapase de ella. Suplicando a Chemosh que tomase su alma y la salvara del olvido eterno. Su voz, débil, se entremezcló con las de los dos clérigos, orando al dios de la muerte en un dialecto tan antiguo que apenas resultaba comprensible. Este hecho traspasó la conciencia de Arian, a pesar de todo su miedo, de la debilidad que la asaltaba, y de toda la concentración que había volcado en su plegaria. Un estremecimiento de excitación la recorrió. La magnitud del premio la abrumó. Hasta entonces sólo había pensado en escapar de la maldición que la tenía atrapada. Pero lo que estaba abrazando era mucho más grande que eso. Arian vio sus posibilidades por primera vez. El poder para recorrer los siglos como otros seres atraviesan los minutos. La conquista sobre el tiempo. Sobre la muerte. Sobre la vida.

Arian sintió que su visión se empañaba. Un frío terrible parecía trepar por sus extremidades, un cansancio sin nombre lastraba su cuerpo. Su mente empezaba a divagar. Apenas era consciente del reguero carmesí que iba dejando sobre el altar. Aquello no era tan terrible. Incluso se podía decir que era plácido. La muerte parecía dulce, un simple paso hacia el olvido. Sería tan fácil renunciar, dejarse ir, marchar adonde Chemosh, ni ningún otro dios, jamás podría llegar...

Los labios de Arian siguieron moviéndose en su plegaria, sin fuerzas, con el tesón que la caracterizaba. Por azar, su mano se cerró sobre la filacteria. Arian, al borde de la inconciencia, aceptó su destino. Para renacer hay que morir. Se entregó a Chemosh, en cuerpo y alma. Sin condiciones. Sin dudas. Sin temores. Aferrada a la vida por un hilo muy tenue, ya estaba más allá de cualquier miedo.

La filacteria ardió con llamas invisibles; el calor ascendió por su mano, un calor que sintió y a la vez no sintió. Lo percibió, ya que fue consciente de él, pero, al mismo tiempo, lo hizo como algo ajeno a ella. Su mismo cuerpo parecía ajeno. Extraño.

-Bienvenida a nuestra comunidad, Arian –dijo Ulser, tendiéndole el símbolo del dios.

Arian alzó su rostro, un rostro lívido, y curvó ligeramente los pálidos labios.

Extracto de la novela El Nacimiento de los Dioses
Por Iridal